Toda mi vida he sido alto y delgado, como tu madre morena saladaaa, comía todo lo que quería, iba al gimnasio con el único objetivo de hacerme fotos delante del espejo con una mancuerna en la mano y poses de súper hetero, o simplemente iba para avistar posibles bocados con los que alimentarme el sábado noche, yo que sé, pero la verdad que para poco más.
Y no engordaba. Siempre delgado.
Tampoco nunca he tenido un cuerpo perfecto, porque claro, de haberlo trabajado un poco, hubiera llegado a ser un 10, y yo en mi área de confort del 8 estaba más que a gusto y satisfecho.
Por aquellos maravillosos años yo usaba la M, y solo en contadísimas ocasiones me ponía una L, pero en plan, mira tú que gracia que llevo una L para ir más cómodo pero la interior te juuuuro que es una M, ósea mi talla, ¿qué no me crees?, mira la etiqueta iluso, pavo de mierda, y ahora que me has hecho quitarme la camiseta para enseñarte la etiqueta arrodíllate, pide perdón y toma zandanga por listo.

Yo cuando no engordaba

Y claaaaro, es que la XL (siempre refiriéndome al vestuario mentes calenturientas) era algo tan lejano en mi horizonte vital que en mi cabeza veinteañera y treinteañera esa talla tan solo podía encontrarse acudiendo a secciones muy especiales, y escondidas entre grandes columnas, de El Corte Inglés, ya no te digo al nivel de coger un ascensor especial para llegar a ella “ding-dong ha llegado usted a la planta de tallas grandes, bájese o sonará la alarma antiincendios”, no, pero sí lo suficientemente oculta para no verla y que tu cabeza locuela, hidratada y bien peinada no se hiciera preguntas raras. ¿XL? Mi no entender, fuchi fuchi que estoy buscando el Starbucks.

 

Pero un buen día llegas a los cuarenta y de repente estás casado y tienes dos hijos. Y pumba. Patadón en la frente y en la boca del estómago.

Se monta tal pitote, tal follón a tu alrededor que sin a penas darte cuenta y sin ser muy consciente de ello tus prioridades cambian, tus necesidades alteran su orden, las rutinas se convierten en pelotas de colores en manos de un malabarista de semáforo, las horas de sueño empiezan a oscurecer tu mirada, aparecen los dolores de espalda, de cervicales, la ansiedad cabrona que te hace engullir como un animal salvaje cualquier cosa que te pongan delante, y lo peor, lo peor de todo, el inevitable descuido personal… El presupuesto que antes se invertía en las maravillosas cremas de Elisabeth Arden o en el iluminador de YSL ahora solo da para las cremas básicas de Mercadona, Carmelo el peluquero que peinó a la mismísima Madonna y que emborrachaba tus canas con un baño de color tras cada corte de pelo ahora es Paco el del pueblo de al lado que te hace un corte estupendo por 5 euros….

Y en algún momento de ese tiempo de cambios, en algún evento en el jardín de casa, algún amigo joputa te hace una foto, y sin consultarte o pedir tu aprobación, biiip, la manda a uno de los muchos grupo de whatsapp en los que estás, y la abres, y la ves, y la amplias y no te reconoces. Porque es completamente imposible que ese hombre en chandal talla XXL, siempre he odiado con muchas fuerzas los chandals, en chanclas de goma negra con calcetines, ¿¿perdooona?, con esa prominente y relajada barriga, me quiero morir ya mismo, y ese flequillo sin pizca de gomina, camión ven a mí y arrástrame desnudo y atado a una cuerda por la A7 desde Castellón a Barcelona, seas tú.

Pero no hay nada que hacer ya. O sí, O no sabes. O te da igual.

El caso es que te plantas en los 45 años y todo se vuelve más difícil. Sin hueco para ir al gimnasio, que fíjate tú, quéeee casualidad, piensas que ahora sí aprovecharías, cocinando para toda la familia y comiendo las sobras de los platos de los niños para no desperdiciar comida porque con el hambre que hay en el mundo estaría muy mal visto. Sin tiempo para arreglarte por las prisas de siempre llegar tarde a todo con los niños a rastras.

Porque la gran putada de llegar a la madurez es que todo engorda, todo, hasta una olivica con hueso!! fijate tú con lo pequeñica que es, y los kilos que llegan con 45 años son súper dificiles de quitar.

Y miras tu ropa de marca que ahora mismo no te baja del cuello o no te sube de la rodilla y lloras a escondidas sabiendo que ni muerto cambiarías el antes por el ahora, pero que algo hay que hacer.

Y aquí estoy hoy, ahora mismo, intentando quitarme 10 kilos que me sobran del que dicen es mi peso recomendado. ¿Recomendado por quién??? ¿Por Dios todo poderoso??

No sé si lo conseguiré pero voy a intentarlo y voy a contároslo hehehe.

El Gaypapa se pone a dieta.
El deporte ya vendrá… no vamos a estresarnos…

Acabo de comprarme este libro y me está flipando y ayudando a partes iguales, os dejo el enlace

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