Os voy contar una historia en forma de cuento de los de colorín colorado.

Érase una vez en un reino muy, muy lejano allá por el siglo XVIII, donde había un gran castillo habitado por una reina y su corte de confianza de la más alta nobleza. Era el siglo de las luces, de la ilustración, y la reina contagiada por aquel movimiento de renovación intelectual, decidió que todos los niños de la nobleza, y también los de las clases menos privilegiadas, acudieran al castillo para aprender y formarse.
Fue una gran fiesta en el reino aquel primer día de escuela. Hubo fuegos artificiales, bailes en la plaza mayor, grandes banquetes con manjares y deliciosas frutas a los pies del castillo. Todos los niños del pueblo llano brincaban y gritaban de alegría aquella mañana en su camino a la escuela.
Al llegar al castillo las puertas aún estaban cerradas, pero entre los barrotes los niños del pueblo, luchando entre empujones y pisotones por ser los primeros, podían divisar, ya colocados y formados, a los que iban a ser sus compañeros, los niños de la alta nobleza.
La escuela empezó a funcionar maravillosamente bien, era la envidia de otros reinos.

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Había en esa escuela, una clase con un niño de la nobleza súper listo, súper fuerte, súper rápido y al que se le podían poner muchos más súper, en casi todo lo que hacía.
Para sus padres era el mejor, para sus profesores era el mejor y entre sus compañeros tampoco había ninguna duda de que él era mejor que cualquiera de ellos.
Por su privilegiada posición siempre era el primero en la fila para entrar a la escuela, la profesora siempre aplaudía sus gracias y sus destrezas, él decidía quién podía jugar a algo y quién no, el podía insultar a quién quisiera porque al ser el mejor niño del mundo era inmune a cualquier castigo o reprimenda.
Un día, y después de varios años de relación con sus compañeros, algunos de ellos empezaron a mostrar síntomas de baja autoestima, a sentirse inferiores, a sentirse tontos, feos, ignorados… cosas de la clase baja.
Ay! necesito hacer un apunte!!
Casi se me olvidaba, y qué despistado yo al olvidarme de un detalle tan importante para entender este cuento, la madre del mejor niño del mundo era noble de confianza de la reina y también profesora de la escuela.
Con el paso del tiempo en los corrillos de padres y madres del pueblo llano era frecuente escuchar, mamá yo quiero tener el pelo igual que el mejor niño del mundo, papá, yo no quiero jugar a la pelota porque el mejor niño del mundo me ha dicho que es mejor que yo les mire jugar, mamá ¿yo soy idiota?…

Un día uno de esos niños habló seriamente con su papá y le contó que el mejor niño del mundo insultaba y decía palabras muy feas. El papá, asombrado, le preguntó si la tutora de la clase no hacía nada al respecto, y su respuesta fue que no, porque era su favorito.
El padre, sin darle mucha importancia a la situación por tratarse de cosas de niños, un día a la salida del colegio se acercó a la puerta del palacio para hablar relajadamente con la profesora y trasladarle su liviana preocupación.

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“Eso es mentiraaa, eso se lo está inventando tu hijo” fue la respuesta de la tutora antes de que el padre terminara incluso de plantear el problema. No hubo ningún amago de duda en su contestación, un déjame observar la situación, un estaré atenta, un algo que no fuera proteger y defender el honor del mejor niño del mundo, echando por tierra a todos los niños que hiciera falta.

El padre, al descubrir que era verdad que el mejor niño del mundo era intocable y gozaba de una ciega y absoluta protección, empezó a preocuparse de verdad y, en un impulso de utopía democrática, quiso tener una reunión con la reina y su círculo de confianza. Pero de nada sirvió. Porque la nobleza era intocable en aquel castillo. Le acusaron de gritar, de estar loco, esparcieron rumores sobre el padre y poco a poco los palmeros y palmeras de palacio dejaron de hablarle, empezaron a ignorarle. Tenían el poder y sabían cómo usarlo, porque ya lo habían hecho otras veces…

Todo lo que parecía luz en aquel palacio se volvió sombra, y la oscuridad y la niebla se apoderaron del reino.
Pero el mundo estaba cambiando y aquel padre lejos de agachar su cabeza y silenciar su voz, lejos de amedrentarse ante el círculo de CONFIANZA palacio, decidió que iba a luchar, porque era el futuro el que estaba en peligro, porque aquellos niños debían crecer iguales y con valores y queriéndose y valorándose a sí mismos.

CONTINUARÁ…