ENTENDER EL AMOR

ENTENDER EL AMOR

El amor siempre está. Siempre. Y por supuesto se siente. Pero primero hay que aprender a verlo. Es muy simple si se quiere. Solo hace falta abrir los ojos y mirar alrededor de uno mismo. Con un poco de práctica podrías llegar a ver que detrás de esas personas que tú consideras grises hay dos nubes blancas sujetando un arcoíris imperfecto. O perfecto, depende de si te colocas un poco más allí o un poco más acá.
Lo principal para poder ver el amor es detenerse, respirar hondo y dejar la mente limpia, sin prejuicios, abrir los brazos y sonreír.
Pero mucha gente no sabe ver el amor. O no quiere verlo.
Y esa gente está entre nosotros. Y para esa gente, lo más simple de ver, resulta de lo más complicado de entender.
Y es que para entender algo primero hay que verlo, o saber verlo… o querer verlo.
Mi nombre es Manuel Santos. Nací hace 45 años en el hospital de Sagunto.
Desde que tengo uso de razón yo sabía que era diferente al resto, que yo sentía diferente al resto. Pero en los 70 y en los 80, y también en parte de los 90, el amor que yo quería recibir, el amor que yo podía ofrecer, había que esconderlo. No se podia decir, no se podía ver, no se podía gritar.
Si nadie lo entendía, ¿cómo iba a entenderlo yo?
Entonces había que actuar para que nadie te insultara, para que nadie te apartara. Una buena interpretación, meterse en el personaje como si de una película se tratara para que nada ni nadie pudiera hacerte daño.

En la explosión de la pubertad, entre erecciones y hormonas enloquecidas, yo no podía gritar, no podía sentir y lo peor de todo, no podía hablar con nadie de lo que me pasaba.
Lo que yo sentía no estaba en los libros del Círculo de Lectores, ni en la tele de dos canales, ni en las revistas del corazón que compraba mi abuela Carmen.
Simplemente no existía.
A los 20 necesité huir. Me fui a Madrid a encontrarme a mí mismo, al yo que se había quedado apaciguado y silenciado aquí en el pueblo.
Y lo hice. Vamos que si lo hice. Aprendí a sentir, a disfrutar, a gritar, a sentirme yo y a sentirme libre de sentir lo que me diera la gana. Porque algo estaba cambiando en el mundo. Algo estaba cambiando en Madrid. Algo estaba empezando a cambiar en Sagunto.
Empezábamos a existir. El mundo empezaba a entender y respetar el amor en todas sus formas.
A los 30 volví al pueblo. Y yo era otro Manuel, supongo que el que siempre había querido ser. Salí del armario ante mi madre, que se llevó un pequeño disgusto que le duró unas horas… (Ante mi abuela no hizo falta, ella era muy lista y sabía ver y entender el amor como nadie).
En el 2005 Zapatero sacudió la piel de toro en los balcones de la Moncloa y, de repente, empezamos a tener los mismo derechos que cualquier persona. ¡¡Podíamos casarnos!! ¡¡Podíamos casarnos!! ¡¡Casarnos!!
Aún recuerdo aquel día como si fuera hoy, como si lo estuviera viviendo ahora mismo, y se me pone la carne de gallina mientras lo escribo, lo que pude llorar y reír ese día por algo que casi todo el mundo podía hacer desde el principio de la humanidad, casarse y poder formar eso llamado “familia”.
Las leyes se iban poniendo de nuestro lado, al igual que la sociedad. Y de repente personas no heterosexuales aparecían en los programas de la televisión, en los libros y en las revistas del corazón.
El amor se empezaba a entender.
Y se empezaba a entender porque se empezaba a ver.
Hoy, año 2020, a mis 45 años estoy casado con un hombre, tenemos dos hijos maravillosos que van a una escuela pública de la zona y podemos afirmar que nos sentimos totalmente integrados en la sociedad.
Si alguien me hubiera dicho en mi pubertad, o en mi juventud de que iba a poder formar una familia así, no me lo hubiera creído. Porque al no haber visto nada parecido, al no haber tenido referentes, no hubiera entendido que esto, lo que tengo y he logrado a día de hoy, era posible.
Es por eso que desde nuestra cuenta de Instagram @twogaypapas luchamos día a día por visibilizar nuestra familia. Luchamos contra el odio y ayudamos a ver el amor.
Porque lo que no se ve, no existe.
Y nosotros existimos, y queremos que los jóvenes sepan que sean como sean, sientan como sientan, todo es OK.
Y que es responsabilidad nuestra, es responsabilidad vuestra y es responsabilidad de todos, hacer que el amor se vea, hacer que el amor se entienda.
Mi nombre es Manuel Santos y mi historia es la de much@s.
Mi historia también es la del gran cambio que ha vivido nuestra sociedad, nuestro pueblo.
Pero aún queda mucho por hacer.
Y vamos que si lo haremos.

NOTA: Este texto lo escribí a petición de la Falla el Tronaor de Sagunto para participar en su llibret 2020 dedicado al colectivo LGTBQ+

 

EMPEZAMOS LA DIETA O QUÉ?

EMPEZAMOS LA DIETA O QUÉ?

Toda mi vida he sido alto y delgado, como tu madre morena saladaaa, comía todo lo que quería, iba al gimnasio con el único objetivo de hacerme fotos delante del espejo con una mancuerna en la mano y poses de súper hetero, o simplemente iba para avistar posibles bocados con los que alimentarme el sábado noche, yo que sé, pero la verdad que para poco más.
Y no engordaba. Siempre delgado.
Tampoco nunca he tenido un cuerpo perfecto, porque claro, de haberlo trabajado un poco, hubiera llegado a ser un 10, y yo en mi área de confort del 8 estaba más que a gusto y satisfecho.
Por aquellos maravillosos años yo usaba la M, y solo en contadísimas ocasiones me ponía una L, pero en plan, mira tú que gracia que llevo una L para ir más cómodo pero la interior te juuuuro que es una M, ósea mi talla, ¿qué no me crees?, mira la etiqueta iluso, pavo de mierda, y ahora que me has hecho quitarme la camiseta para enseñarte la etiqueta arrodíllate, pide perdón y toma zandanga por listo.

Yo cuando no engordaba

Y claaaaro, es que la XL (siempre refiriéndome al vestuario mentes calenturientas) era algo tan lejano en mi horizonte vital que en mi cabeza veinteañera y treinteañera esa talla tan solo podía encontrarse acudiendo a secciones muy especiales, y escondidas entre grandes columnas, de El Corte Inglés, ya no te digo al nivel de coger un ascensor especial para llegar a ella “ding-dong ha llegado usted a la planta de tallas grandes, bájese o sonará la alarma antiincendios”, no, pero sí lo suficientemente oculta para no verla y que tu cabeza locuela, hidratada y bien peinada no se hiciera preguntas raras. ¿XL? Mi no entender, fuchi fuchi que estoy buscando el Starbucks.

 

Pero un buen día llegas a los cuarenta y de repente estás casado y tienes dos hijos. Y pumba. Patadón en la frente y en la boca del estómago.

Se monta tal pitote, tal follón a tu alrededor que sin a penas darte cuenta y sin ser muy consciente de ello tus prioridades cambian, tus necesidades alteran su orden, las rutinas se convierten en pelotas de colores en manos de un malabarista de semáforo, las horas de sueño empiezan a oscurecer tu mirada, aparecen los dolores de espalda, de cervicales, la ansiedad cabrona que te hace engullir como un animal salvaje cualquier cosa que te pongan delante, y lo peor, lo peor de todo, el inevitable descuido personal… El presupuesto que antes se invertía en las maravillosas cremas de Elisabeth Arden o en el iluminador de YSL ahora solo da para las cremas básicas de Mercadona, Carmelo el peluquero que peinó a la mismísima Madonna y que emborrachaba tus canas con un baño de color tras cada corte de pelo ahora es Paco el del pueblo de al lado que te hace un corte estupendo por 5 euros….

Y en algún momento de ese tiempo de cambios, en algún evento en el jardín de casa, algún amigo joputa te hace una foto, y sin consultarte o pedir tu aprobación, biiip, la manda a uno de los muchos grupo de whatsapp en los que estás, y la abres, y la ves, y la amplias y no te reconoces. Porque es completamente imposible que ese hombre en chandal talla XXL, siempre he odiado con muchas fuerzas los chandals, en chanclas de goma negra con calcetines, ¿¿perdooona?, con esa prominente y relajada barriga, me quiero morir ya mismo, y ese flequillo sin pizca de gomina, camión ven a mí y arrástrame desnudo y atado a una cuerda por la A7 desde Castellón a Barcelona, seas tú.

Pero no hay nada que hacer ya. O sí, O no sabes. O te da igual.

El caso es que te plantas en los 45 años y todo se vuelve más difícil. Sin hueco para ir al gimnasio, que fíjate tú, quéeee casualidad, piensas que ahora sí aprovecharías, cocinando para toda la familia y comiendo las sobras de los platos de los niños para no desperdiciar comida porque con el hambre que hay en el mundo estaría muy mal visto. Sin tiempo para arreglarte por las prisas de siempre llegar tarde a todo con los niños a rastras.

Porque la gran putada de llegar a la madurez es que todo engorda, todo, hasta una olivica con hueso!! fijate tú con lo pequeñica que es, y los kilos que llegan con 45 años son súper dificiles de quitar.

Y miras tu ropa de marca que ahora mismo no te baja del cuello o no te sube de la rodilla y lloras a escondidas sabiendo que ni muerto cambiarías el antes por el ahora, pero que algo hay que hacer.

Y aquí estoy hoy, ahora mismo, intentando quitarme 10 kilos que me sobran del que dicen es mi peso recomendado. ¿Recomendado por quién??? ¿Por Dios todo poderoso??

No sé si lo conseguiré pero voy a intentarlo y voy a contároslo hehehe.

El Gaypapa se pone a dieta.
El deporte ya vendrá… no vamos a estresarnos…

Acabo de comprarme este libro y me está flipando y ayudando a partes iguales, os dejo el enlace

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